
Durante Zazen, la mirada no busca ver, sino simplemente ser. A diferencia de otras prácticas que cierran los ojos para profundizar en el interior, Zen propone mantener los ojos entreabiertos, dejando que la luz entre de forma natural. Los ojos se dirigen suavemente en frente, en un ángulo aproximado de 45 grados, sin fijarse en ningún punto concreto.
Esta mirada desenfocada y periférica es el puente hacia la no dualidad: no hay un sujeto que observa activamente un objeto, sino una presencia unificada. Al no cerrar los ojos, evitamos el letargo y las proyecciones mentales; al no mirar fijamente, evitamos la distracción y el juicio. Es una visión en la que la atención lo ocupa todo sin preferencias. Así, la mirada se convierte en un espejo de la mente: abierta, estable y en perfecta paz con lo que surge. Tiene un papel fundamental en la experiencia del observador.
